Recuerdo de Amantaní

12.04.2016

 

Las montañas que estaban desde antes

y los ríos que se secarán pronto

definen mi camino

 

Te recuerdo

olvidado

perdido en la inmensidad del cielo andino

 

Somos sólo un par de palabras

una huida momentánea

como el viento de la tarde

 

Somos estrellas sobre Amantaní

los sueños

el baile

la alegría embriagada

 

Somos aquellos besos ya muertos

aquellas caricias ya yertas

 

Somos los mares y los cielos

las hondas heridas del mundo

las normas, las costumbres

y todo lo que nos separa…

 

Pero somos también tu sonrisa en la memoria

aquella promesa inocente

de una vida realmente nuestra.

 

El Matallana

Naufragio y horizonte

19.11.15

 

Llego al horizonte

que no quise soñar

solo

 

al final del mar

fracturando el oscuro gris

germina el cielo brillante

y en esta claridad azulada

veo las cosas ya con ternura

 

mi drama es ahora el mismo

que el de todas las personas

nada especial

tristezas que brotan cual volcancitos de espuma

alegrías intermitentes como esta marea

gentil,

humilde,

llevándose de mis pies la negra arena

recordándome que no hay donde volver

 

Llego al horizonte

que no quise soñar

solo

 

al final del mar

se extiende una tierra

que aún no tiene huella

camino ligero hacia parajes sin nombre

sobrevivo al naufragio de mi ayer

 

El Matallana

Rumbo incomprendido

Abril 29/2005

 

El rumbo de las cosas y su camino:

He perdido.

 

Vivo divagando en un laberinto sin sentido

hacia el centro dirigido

de este ser incomprendido.

 

El Matallana

Breve comentario sobre los no-lugares

11.03.2015

Hace poco Amira Akhtar* me hizo recordar un término que desde la primera década del 2000 he venido usando de manera privada: el no-lugar. Los no-lugares son sitios donde no siento la presión de ser, hacer algo o pensar en algo en especial; son espacios que experimento como transición entre un lugar y otro. Por ejemplo, cuando me he encontrado en un sitio más tiempo de lo planeado, porque el medio de transporte deseado se retrasó y no pude hacer nada más que aguardar ahí. O cuando estuve esperando para entrar a un baño en un establecimiento público, como un museo, solo, en algún pasillo anónimo. También me he encontrado en un no-lugar cuando una cita se canceló de improviso y de repente estuvo el tiempo ahí sólo para mí, puro, limpio y sin propósito. He estado en no-lugares en alguna enorme estación de tren, donde nadie me conocía, donde nadie parecía hablar mi idioma, donde nadie me esperaba. También he encontrado no-lugares en salas de consultorio, en aeropuertos inmensos, en una larga fila, en una oficina o una cama vacía (o como si lo estuviera), en un edificio abandonado, en una universidad en la noche, en un camino donde iba perdido, en una playa abandonada bajo el sol del mediodía, en una caminata por el desierto, en una carretera desconocida, en un taxi sin interlocutor, en el mar calmo acostado sobre una tabla de surf, en un restaurante o café cualquiera, en la cocina de una casa donde miro por la ventana hacia la calle…

Los no-lugares logran inspirarme muchas veces porque puedo contemplar las cosas sin el afán que llevo, me permiten escapar de las necesidades de mi propio rol en la vida y huir de las creencias que me empeño en mantener en el momento. En un no-lugar a veces concibo ideas y escritos que descubren la belleza, reconocen la incertidumbre o exploran lo desconocido. En un no-lugar a veces no pasa nada en la superficie, pero en el fondo sé que siento ansiedad, incomodidad, soledad tremenda o carencia de sentido (por decirlo de alguna manera). En un no-lugar a veces me siento o soy libre, fuera y dentro del mundo al mismo tiempo, como un espectador neutral que está inmensamente satisfecho o que no desea nada más que contemplarse existente entre cosas y fenómenos.

Pero los no-lugares pueden evitarse fácilmente, especialmente con el auge y desarrollo de herramientas de distracción y consumo permanente. El aparente vínculo constante con el mundo que ahora podemos llevar en los dispositivos inteligentes (lentes, relojes, celulares u otros aparatos portátiles) puede ayudarnos a evitar llegar a un no-lugar si así lo queremos. Y las viejas ayudas como el libro que leemos cada vez que no se nos ocurre nada más qué hacer con la vida, o la conversación banal con alguien sobre el clima o el retraso del bus, también pueden servir para desviar nuestro camino al no-lugar.

¿Qué si me gustan los no-lugares? Creo que sí, a veces me parecen los únicos sitios que valen la pena, los únicos a los que de verdad llego.

 

El Matallana

* Muchas gracias y saludos a Amira Akhtar por ayudarme con la inspiración:

https://lihembensayel.wordpress.com/2015/03/09/minutos/?c=3144#comment-3144