Simular

Agosto 28/2006

Simular, no simular, dejar de simular, pero no siempre. Depurarse al extremo en las ocasiones en que uno cree que vive. No hablar siquiera, si no se quiere. Dejarse ser, que aflore el remolino, el caos forrado, la locura limitada. Si una caricia viene, bien, si un golpe viene, bien, viene bien, si nada viene, pues bien.

Ha de haber paz en la desnudez, tranquilidad, liberación; uno frente al día, uno frente a la noche, uno frente al otro, desnudo para uno, desnudo para el otro.

Voltearse la piel de vez en cuando debe ser terapéutico, dejar a un lado el cambio frenético de colores, vestir una escama única, ausente y cercano, propio y ajeno, con prójimo o sin él.

Y que mueran las categorías, que se presente puro el fenómeno humano, que se aprecie la presencia, la manifestación, el hecho de ser y estar, que se mire la vida irreversible, ahí, sin propósito, ahí, sin explicaciones, ahí, diluyéndose en el tiempo implacable, ahí, a la espera de otra espera.

Simular, no simular, dejar de simular, pero no siempre. La vida también es esa vida de apariencias, donde se trabaja, se come y se duerme.

El Matallana

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